Wednesday, March 26, 2008

Juegos

Abro la boca, abro las piernas y le pido que me meta un dedo, talvez dos. Me gusta estar bajo las sábanas, sintiéndolo erecto y rozándome las piernas con la punta del pene. Me hace sonreir, justo cuando se da cuenta de mi simple alegría, reímos juntos.

Sentir sus manos jugando con mis pezones me provoca cerrar los ojos, morderme un labio, pedirle que me apriete uno entre sus dedos. A veces quiero que lo haga fuerte y otras, apenas; siempre lo hace correctamente. Sin que deba mencionarlo siquiera, baja su boca al nivel de mis senos, comienza a lamerlos, a succionarlos. Mirarlo desde arriba hace que me excite y me humedezca. Le pido que lo haga más profundamente hasta que tengo que pararlo par no tener un orgasmo, y así desear que me toque más.

Estando juntos, recostados, lentamente le pido que comience el juego. Poniéndose arriba mío, sin penetrarme, me mira y me pregunta si soy su puta. El golpe de esta palabra me regresa al lugar donde dejo de ser yo para convertirme en una concubina. Guardo silencio y asiento con un movimiento apenas perceptible. "Dímelo", dice. Sin pensar le respondo que lo soy. Beso sus brazos a lado mío y arqueo la espalda para que mi pecho toque el suyo.
"¿Quién quieres que sea?"-me pregunta- "¿Quieres tener sexo con un desconocido? ¿Quieres que te diga que soy un familiar y que tu eres a quien siempre he deseado? Dime qué necesitas".

Entonces, le rodeo el cuello con mis brazos y me acerco hasta su oreja: "Quiero estar en casa. Entras por la puerta trasera y me sorprendes. No te conozco y vienes a robar el lugar. Pero al verme te entran unas ganas incontrolables de abusar de mi. ¿Quieres?".

Con la historia armada empezamos uno de nuestros tantos papeles. Me levanta y me sienta, toma mis muñecas con una de sus manos, atrapándolas para que no pueda moverlas. Con la otra mano me jala el cabello tirando mi cabeza hacia atrás. "¿Esto es lo que quieres?. te gusta no poder hacer nada?".

Me abre las piernas y entra en mi. No le importa si me duele o me lastima al hacerlo. Me lame el rostro, muerde mi cuello. Continúa diciendo palabras que me sonrojan e inhiben. Pareciera que es un experto en esto y de pronto me da miedo. ¿Y si es esta su verdadera personalidad? La idea me excita al mismo tiempo que me dan ganas de llorar. Sus movimientos son fuertes y golpea mi interior. Un golpe muy suave en la mejilla; otro más fuerte. Con su mano libre me aprieta la piel dejándome la marca de sus dedos. Se detiene. Respira. Observa a su alrededor: no hay nadie. Estamos solos. Me libera por un momento, me coloca bocabajo. Pone sus manos en mi cintura y levanta mi culo al aire. Separa mis nalgas y se ríe. Alcanzo a escuchar cómo se lame los dedos y pronto siento en mi vagina su tierna saliva. Entra. Sale. Entra otra vez y ordena que me calle.

"¿Cuánto te gusta?". Pero no logro responderle porque si digo algo, me corro. Me corro hasta que la noche termine. Así, en silencio, lo dejo terminar a él. Sale violento y se contrae y la leche que expulsa me arde. Es como un infierno donde lo más siniestro se asemeja a Dios.

En esta ocasión prefiero no venirme. Se lo digo.

"Claro, eres una puta que quiere más".

Le sonrío y le digo que lo amo.

(Para una versión impresa: Revista MAX de Abril).

Thursday, March 06, 2008

Los masturbadores

Cuando lo tomo entre mis manos, recorro su forma con la punta de los dedos.

Mis manos dejan de ser mías, para convertirse en dos mujeres ávidas de saliva y leche. Con las yemas de mis dedos transformadas en pezones, mis mujeres se colocan en torno a él, y lo miran adoloridas de deseo. Y ya la carne se siente endurecida y eso, me emociona. Nos emociona a las tres. Porque tocarle esta parte de su cuerpo siempre me ha parecido fascinante. Apretada, entrar por los pantalones, sin bajarle el cierre, sintiendo que mantiene una temperatura cálida. No dejarlo que desabroche ni un solo botón, para que mi intento sea mucho más agresivo. Adentro, me recibe una pelvis amable que sonríe cuando nos ve llegar, y se tensa, se hunde con cada uno de mis pasos dactilares. Porque además, hago todo a propósito, porque cuando siento que se sumerge, se sumerge mi respiración y el pecho me estorba para abrazarlo.

Tocarle, es hambre. Busco incansable que mis manos toquen la base de los testículos para contenerlos en toda la palma y sentir su peso. Sonrío porque son hermosos y no puedo dejar de sentir a lo que se sienten. Preparo lo que fui a buscar y los aprieto, los acaricio con un dedo, con dos, con las uñas los rasguño. Coloco mi mano de frente a ellos y la sumerjo hasta la parte más profunda para después jalar la mano y rozar la piel casi transparente. Sé que después, el aroma de lo que ahí está hará eco en mis manos y podré llevarlo al baño, a la cocina, al volante del automóvil y a mi cara. Para después tocarme los senos y sentir que es la punta de su cabeza la que me los lame.

Para cuando los regrese a su lugar, su contenido estará por desbordarse y no quiero otra cosa que recibirlo para jugarlo entre mis dedos. Tomo un respiro más y le sonreímos para que sepa que aún no hemos terminado. Envuelvo mi mano en él y subo haciendo fricción, anteponiendo obstáculos para que el deslizamiento no sea fácil. Pero antes de llegar, vuelvo a bajar y por unos minutos ahí está, sin más, mi masturbación primitiva. Lo que me da tiempo a pensar en lo que hago y lo que me convierten mis manos y sus actos. Me gusta ser lo que soy, y me gusta que lo que soy, haga ser al otro. No me muevo por las consecuencias, los actos me han movido siempre incluso en tiempos inexistentes, futuros. Y mis masturbaciones siempre son eso, sin consecuencias obvias, sin orgasmos predestinados sino simples actos de piel.

Pero cuando la jalo de arriba hacia abajo y vuelvo a empezar, aprovecho para sentir su textura, los detalles de la piel a punto de reventar, y como si quisiera tomarle el pulso, presiono para sentir la sangre y el latido. Este engendro de mil cabezas reclama y reclama. Jadea de alegría y me recuerda a cuando me corro. Con uno de mis dedos intento entrar, lento, lento, a su orificio. Pero también, con el arco de la palma de mi mano, hago círculos sobre él.

Me gusta pensar en lo que estoy haciendo como un hecho de la imaginación. Quiero que sienta que no hay nadie y que se ubique en la soledad de una habitación. Cuando cierra los ojos, quiero pensar que se mira solo, tocándose el mismo. Me gusta preguntarle si es así como él se masturba. Me pide entonces que sea más fuerte y que me concentre en la parte superior, apretando más y más rápido.

Entonces me detengo y me retiro, y le pido que termine él. Me acerco para que me deje observarlo. Le bajo lo pantalones y lo hago que se siente, frente a mi. De pie, miro lo que hace hasta que termina. Aprendo lo que tengo que hacer la próxima vez. Se escurre a mis pies. Mientras descansa, le digo que me siga al baño.

Quiero enseñarle algo.


(Para una versión impresa: Revista MAX de marzo)

Friday, November 30, 2007

No los olvido.... a ninguno!

(Lady Amelie, Jorge Ampuero, Finisima persona, Ppchkn, Javiercito, El Chiras Pelas, Liz Misterio, Perséfone, The Grifter, Setsuka, Marilú, Julián, Rafa, Julio, Huitzilopochtli Azteca, Patas de Judas, Zoe, Annie, Yo soy ella, Baron D'epinay, El Pepe, COMPRIX, Queen, Xavy, Real X, Pasha, Hildebrando, Korkuss, Prohibida, Pinky Blacl Boy, Buenas Chambas, Bose, Grotowska, Pandora, FABCOB, Anónimo/Atemporal, Sukkubus, El Rey de Weyes, Kitty Kat, Pater Noster, Carmen, No andaba muerto, Ms. Orizschna, Fucking Bitch, Amargadillo, Epileptic Girl, Hada de noche, Tazy, Mariana, Scarlett)

No he muerto... ahora trabajo en una revista sexosa, de mujeres casi sin ropa, medianamente conocida, y trabajo hablando de lo que mas me gusta: lo sexual.....
Un beso grande a todos, y volveré reloaded, para excitarnos juntos...

Friday, September 07, 2007

Sin importar en realidad hacia donde iba, Adán se alejaba de la sombra del árbol en la que había estado descansando. Un sueño reparador lo había dejado completamente relajado y fuera de si por mucho tiempo. Y de verdad que esto no era de mayor o menor importancia, pues él, el primer hombre, no sabía de preocupaciones, ni de sueños, ni deseos, ni abandonos. Su naturaleza infantil le permitía asombrarse ante todo, y tomaba todo como un verdadero regalo. Por ejemplo, ese fresco y delicado pasto original que crecía por debajo de sus pies y que renacía luego de cada pisada, lo maravillaba a tal grado que lo hacía muchas veces reír incontrolablemente. Y el recuerdo de esa risa lo mantenía alegre por muchos días. En ocasiones, Eva, a sus píes, oía tal historia una y otra vez, maravillada de igual manera. Ella vivía la naturaleza de sus píes descalzos de otra manera. Hacía ya unos días que había notado que al sentir el contacto húmedo de su piel con aquellas fibritas verdes algo sucedía en su entrepierna. Igual le pasaba cuando frotaba las palmas de sus manos con la tierra. Una sensación vibrante la recorría desde las manos, pasando por las axilas, luego a la punta de los pezones y finalmente, de nuevo, la entrepierna. Hasta ese momento se había estado guardando aquel secreto para si misma. Y ahora, que escuchaba la historia de Adán y el pasto, le comían la ganas de contarle todo.
Así, mientras Adán se alejaba de ese árbol, algo nuevo le ocurrió. Sus pasos habían sido hasta ese momento firmes. Pero ahora, por alguna razón, arrastraba su caminar. Fascinado mantuvo aquella forma de andar. Los dedos de los pies comenzaron a mojársele un poco por las diminutas gotas de agua que mojaban la hierba. La sensación era fresca y diferente. Allá, lejos, Eva hacía algo que no le interesaba. Se detuvo un momento para contemplarse.
Ahí, con el sol intenso y caluroso, algo comenzó a sucederle. Aquella parte de su cuerpo que hasta ahora no tenía sentido comenzaba a llamarlo a gritos. Sin saber en realidad qué era el miedo, experimentó un poco. Trago saliva y permaneció quieto. Unos segundos después, volvió a frotar sus pies contra la hierba empapada. Y entonces comprendió. Al frotar la plantas de sus pies contra aquella vellosa humedad, su entrepierna resentía una distensión extraña. Aquella vara entre sus extremidades se despertaba ignominiosamente. Sonrió. Una vez más, y siguió esperando la sensación.
Y de pronto, Adán, el primer hombre, tenía la verga erecta.
Aquella cabeza lo miraba desde abajo, orgullosa y limpia. Acercó sus manos a ese pedazo de piel que ahora estaba tan duro. Lo tocó y sintió como se tocaba. ¿Eso era suyo? ¿Aquella cosa, antes sin vida, era realmente suya? Abrió los ojos. Los abrió más y sintió que se le romperían. Frotaba sus pies. Una vez, otra vez, dos veces más y la verga se le ponía más dura, mientras él, sólo sonreía.
Este es el relato, brevísimo, del asombro y la satisfacción permisible que Adán tuvo en su primera erección.

Sunday, July 22, 2007

Historias

Acostumbro a caminar bastante. En mi camino, me he encontrado diversas cosas. Papeles con escritos apenas inteligibles, anillos, una que otra pulsera sin valor, estrellas de papel, plumas, lápices. Muchas cosas. Otras veces me encuentro con situaciones que me parecen asombrosas. Y hoy, me topé con una de tantas. Mientras leía en el parque y veía a mi perro correr a saludar a todos las demás mascotas que venían a pasar la mañana del domingo, una escena atrajo mi atención. A mi derecha, un hombre vociferaba algo. Lo miré detenidamente y guardé el mayor silencio. Hablaba con alguien que no estaba ahí. Tenía tanto coraje, tanta ira. Le gritaba a un fantasma, que ningún hombre le llegaba a los talones. Fumaba desesperadamente y miraba al vacío. Intentaba leer algo de un libro roto que parecía ser un diccionario, pero evidentemente su compañia no se lo permitía, pues cada tanto gritaba reclamos e insultos. Era fascinante. Y mientras pensaba qué había sido aquello que lo había vuelto loco, más allá de este hombre, otra escena captó mi atención. Un hombre y una mujer se separaban de un grupo de vagabundos claramente alcoholizados. De la mano, llegaron al pie de la enorme fuente en el centro del parque. El hombre, se desvistió hasta dejarse solamente la ropa interior. La mujer, aún más tomada, se metió directamente al agua. Ambos rieron. Él tenía una manera tan peculiar de caminar. Me recordó un poco a John Travolta en "Vaselina". Andaba como rey abajo de los chorros de la fuente, comparando su cuerpo al David de Miguel Ángel en el centro. Recorría la fuente en su totalidad y alzaba los brazos en triunfo. La mujer, por su parte, se mantuvo en un sólo lugar, resguardada por una torrente de agua clara. Levantaba los brazos como su acompañante y dejaba ver un enorme vientre cicatrizado, abultado, desagradable. Aquella imagen me resultó maravillosa, pues ella era claramente delgada, pero algo le había ocurrido en el vientre. Ambos se encontraban de pronto y se tomaban de las manos. Al cabo de un rato, ella decidió que la diversión había sido suficiente y regresó con su grupo. Un grupo de al menos seis indigentes. El hombre, se mantuvo un rato más jugando con el agua y gritando. Resbaló sólo una vez y sólo para reirse agradablemente. Al rato, se unió a los demás. Parecía como si los otros los felicitaran. Y bebían de vasos y botellas de refresco frenéticamente. Todos eran amigos, y se aceptaban, así completamente podridos, sin nada. Era realmente maravilloso todo aquello.
Al fin de un rato, el hombre de la fuente se bajó la ropa interior y dejó ver un cuerpo delgado y un pene desinflado, negro, tal vez sucio. Uno de los otros corrió inmediatamente a taparlo, gritándole algo. Se cubrió, estoy segura, más por la petición de su amigo que por cualquier otra cosa. Ni los niños, ni las familias ni los perros lo avergonzaban. Todos lo vimos. Y de pronto una patrulla llegó de la nada hasta donde ellos estaban. A mi lado aún podía escuchar los reclamos del otro hombre. Pero seguí concentrada en los otros. Se podía distinguir a lo lejos un discusión tranquila entre vagabundos y policias. Después de un rato, la patrulla desapareció.
Los nadadores comenzaron a vestirse a regañadientes. Los demás les pasaban sus ropas, rotas, feas. La mujer gritaba que ella no quería irse. El hombre comenzó a vestirse. De entre el grupo, dos hombres comenzaron a besarse. Se abrazaban y se miraban muy de cerca, con sus rostros juntos. Entrelazaban sus manos y se besaban aún más. Uno cargó al otro. Mientras, la mujer tomaba los pies de su mojado amigo entre sus manos y se los besaba, al tiempo que él gritaba que no quería, pero riendo. De pronto, cuatro del grupo tomaron sus cosas y caminaron fuera del parque. Pero al instante regresaron, dándose cuenta que habían dejado atrás a dos de sus amigos. Insistían algo inaudible. Ayudaron a la mujer a ponerse sus botas. Le cambiaron la blusa y unos senos blancuzcos se asomaron. Podía notarse que ella reía. La cubrieron. Habrían pasado veinte o treinta minutos y la patrulla apareció otra vez. En esta ocasión esperaron hasta que todo el grupo caminaba fuera del parque. Seguros, se fueron.
Ahí decidí que todo la atracción del parque se había acabado y me encaminé fuera de él también. Al cabo de unos instantes mi andar se emparejó con el del hombre y la mujer. Se detuvieron y me detuve a mirarlos, ahora más de cerca. Él comenzó a acariciarle el rostro a la mujer. Ella lo miraba muy de cerca, dejándose tocar. Por un instante, eterno, se miraron a los ojos. Rieron y se besaron. Él la estrechó hacía él. Pude ver la cara de ella. Gorda, lastimada, con unos ojos que apenas eran unas rayas horizontales. La boca sin dientes, pero tan felíz. Amada se veía hermosa. Y ella lo sabía, y parecía saber que los observaba. Tomoóel rostro del hombre en sus manos y comenzó a llenarlo de besos. Él con los ojos cerrados inclinó su rostro hacía ella. Volvieron a abrazarse y a reir.
Tuve tantos celos. No podía dejar de verlos y me sentía sucia de envidiarlos, de envidiarles su amor. Ahi, los tres, parados en el parque, recordé las palabras de mi amante el jueves por la tarde. Puta de mierda. Cerré los ojos para tragar esa palabra. Sentí coraje por aquellos dos. No, sentí coraje por mi. Si me amas, te callas la boca y haces lo que te digo, si no te rompo la madre. Volví a tragar esa saliva espesa que ultimamente traigo en la boca. Los miré abrazados, ahí, sin nada, con todo. Libres y el uno con el otro. Llenos de la presencia del otro. Amando ese momento entrelazados. Volví a sentir el golpe en mi cara y cómo me sujetó del cabello, lastimándome. Sin dejar de verlos me quedé ahí, parada, torpe. Celosa, envidiosa. Idiota.
¡Qué equivocada he estado todo este tiempo!

Monday, July 02, 2007

Sufro del tan famoso bloqueo del escritor. Pero pronto, comenzaré a relatar una autobiografía para poder entender de una buena vez, porque miento de manera tan patológica.

Friday, May 25, 2007

-¿Estás en el bano?
-Sí, qué pasa?
-Quiero verte mientras orinas. Quiero que me orines, después.
-¿Quieres que te orine sobre la verga?
-Sí. Y luego quiero orinarte los senos.
-Ven amor.

La escena que se repite, y se repite, en un eterno retorno.... en mi cabeza.